
El 31 de agosto de 1997 fue domingo y estaba nublado. Yo tenía casi 17 años, y estaba obligada a permanecer en casa de mis abuelos maternos. Aquella tarde comenzó la censura por parte de mi familia de sangre, hacia quien hasta entonces, era la única persona que me comprendía y en quien sentía que podía confiar. Quien por mucho tiempo fue, y tuvo que ser, "el ausente", pero que por suerte, a día de hoy, seguimos estando aquí, a nuestra bola, a nuestro ritmo, respetándonos y cuidándonos como siempre, en la distancia y en el tiempo. Fue quien me hizo ver que podía ser lo que no me permitían ser, y otros mundos que a mi alrededor no existían.
Aquella tarde me regañaron como nunca lo hicieron hasta entonces, intenté huir y me persiguieron obligándome a subir al coche gris. Escuché muchas palabras hirientes, y mantuve mi silencio porque solo podía llorar y llorar, era lo mejor.
Un daño que no quería que fuese a quedarse tatuado, de parte de quienes dicen adorarme, pero que generaron desniveles glucémicos por siempre.
Desde entonces aprendí mucho, sobre todo a saber expresar lo que sentía en pinceladas -de esas que significan otros mundos- y en palabras escritas a mano, cuando todavía podía escribir haciendo letras variadas, llenando infinitos cuadernos que todavía conservo. También aprendí a ser rebelde de manera discreta, con mis ropas estrafalarias y mi melena llena de trenzas. Esa melena que, antes de ser azul, por más de un año llevé atada como auto promesa hasta poder compartir nuestros tiempos sin miradas dictadoras.
Lo de esta foto me lo encontré hace semanas. Eran textos que nos regalábamos y yo transcribía a mano para cuidarlo todo, y especialmente, que nadie me dijese nada, ni me castigase más por ser quien soy, quienes somos.
Es una censura impuesta por mi familia directa que, por lo vivido hasta ahora, intuyo será para siempre, o casi. Es hipocresía, es machismo, es clasismo, es desprecio, es querer que yo sea otra persona... Hace poco me di cuenta de que me educaron como si creciese a finales del siglo XIX y no del XX, especialmente a mí por ser "la niña de la casa". Y todo eso arrastra mucho daño, convertido en muchas heridas. Algunas ni siquiera cicatrizan, y son como la diabetes, que cambian niveles de autocontrol y maneras de pincharse pero el páncreas sigue ahí atorado.
Me quedo con los refugios, las risas, las promesas, los sueños, las cartas, los libros, las canciones, los abrazos... y un paraguas desentelado con pájaros de cartón. Gracias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario