Por muchos octubres consecutivos, fui de mar. Este octubre soy de río. Antes me sumergía, casi a diario, en los infinitos azules. Ahora camino y atravieso semanalmente, los infinitos verdes. La inmensidad salada cumplió su etapa de evasiones e ilusiones desenfocadas, fugaces como los saltos de los peces plateados de un mar a veces en calma. La realidad dulce me ayuda a suavizar raíces conmigo misma, observar el brinco de las ranas invisibles y dejarme arrullar por los pececillos de algodón bajo los alisos vecinos del maíz. Superar obstáculos de madera que se dejan acariciar y rebrotan en su nuevo estado de aparente fragilidad. Escuchar nuevas canciones priorizando el silencio. Pintar con la mente... Así la vida en modo Xane entre Yemayá y Oshún.
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